Escena VIII
Monasterio de Zaratán (Jerónimos).
Hállase situado en un fĂ©rtil llano, con ligera inclinaciĂłn y corriente de aguas hacia el MediodĂa. Lo resguardan de los vientos septentrionales el verde muro de una selva espesĂsima, y la fortaleza de un monte, estribaciĂłn de la sierra que por el Este se extiende en escalones hasta la mar. Rodeándolo frondosas arboledas de sombra, adorno y fruto, y tierras de cultivo y pasto, cerradas por tapia o setos vivos, en extensiĂłn considerable.
La construcciĂłn románica de la iglesia y de parte del convento aparece bastardeada, y en algunos puntos ridĂculamente sustituida por horribles superfetaciones del pasado siglo, de una imbecilidad que causa enojo y tristeza. En el frontis de la iglesia, en distintas puertas y ventanas, campea el escudo de Albrit, leĂłnrampante con banderola en la garra, y el lema: Potestas Virtus.
No lejos de la fachada de la iglesia, separado de ella por anchurosa calle de chopos viejos, podados, llenos de jorobas y arrugas, está el portalón de ingreso. Es una plazoleta mal pavimentada de losetones verdinegros y resbaladizos, que fuera de él se extiende, se para el coche que conduce al CONDE DE ALBRIT y su acompañamiento. Sale toda la Comunidad a recibirle, con el Prior a la cabeza.
EL CONDE DE ALBRIT, EL CURA, EL MÉDICO, EL ALCALDE, EL PRIOR y monjes.
Es el PADRE MAROTO varĂłn tosco y agradabilĂsimo, con sesenta años que parecen cincuenta; ni bajo ni flaco, ni gordo, admirablemente construido por dentro y por fuera, con equilibrio perfecto de mĂşsculos, hueso y cualidades espirituales. La ingeniosa Naturaleza supo armonizar en Ă©l, como en ninguno, la potente estructura corporal con la agudeza del entendimiento. Su Ăndole nativa de organizador y gobernante en todo se revela; pero reviste tan hábilmente de dulzura y gracia el báculo de su autoridad, que ni siquiera duelen los estacazos que suele aplicar a los dĂscolos de su corto rebaño. Sin su energĂa, actividad y metimiento prodigioso, el fĂ©nix de Zaratán no habrĂa renacido de sus cenizas.
EL CONDE.— (Muy afectuoso, contestando con exquisita urbanidad al saludo de bienvenida que en el portalĂłn le dirige EL PRIOR.) Me anonada usted, señor Prior, saliendo a recibirme con la dignĂsima Comunidad… Vamos, que esto es hacer de mĂ un Emperador Carlos V.
EL PRIOR.— Para nosotros, imperio ha sido la casa de Albrit, y las glorias de Zaratán se confunden en la historia con la grandeza de las Potestades. (Entran en la calle de chopos jorobados; detrás, respetuosamente, el séquito civil y frailuno.)
EL CONDE.— (Con tristeza.) ¡Oh, grandezas desplomadas!… Albrit y LaĂn no son ya más que polvo y ruinas. (Pausa solemne.) Y agradezco más los honores que en esta ocasiĂłn se me tributan, porque veo en ellos un absoluto desinterĂ©s. Señor Prior de Zaratán, el Ăşltimo Albrit no puede corresponder a tan noble agasajo con ninguna clase de beneficios. Es pobre.
EL PRIOR.— Nosotros tambiĂ©n. En los tiempos que corren, no hay más riquezas que la virtud y el trabajo, y más vale asĂ.
EL CONDE.— (Parándose con intento de admirar las hermosas campiñas que a un lado y otro de la chopera se ven.) Admirable cultivo. Esta santidad agricultora es un encanto… y un gran progreso, el único progreso verdad.
EL PRIOR.— Trabajamos porque Dios lo manda. Dios quiere que no cultivemos sólo el cielo, sino la tierra; la tierra, que es el complemento de la fe.
EL CONDE.— Y, como la fe, la tierra no engaña. Ella nos alimenta vivos; muertos nos acoge…
Entran en el convento, y pasan a una sala cuadrilonga, en cuyas paredes se ven rastros de un fresco decorativo, que borroso asoma por entre los remiendos de yeso. La sillerĂa es moderna y ordinaria, porque los monjes no tienen para más. EL PRIOR hace al CONDE la presentaciĂłn de los Padres más ancianos, o más significados por sus talentos. El uno es notable por su facultad oratoria; el otro despunta en la agronomĂa; aquĂ©l es teĂłlogo insigne; esotro, arquitecto. No falta el organista ni el veterinario, que al propio tiempo es algo canonista, y muy buen castrador de colmenas. Terminadas las presentaciones, EL PRIOR quiere obsequiar al CONDE y acompañamiento con un Málaga superior, que le han enviado de su tierra para celebrar. AcĂ©ptalo EL CONDE con galanterĂa y D. CARMELO con jĂşbilo. Sirve un lego y catan todos el finĂsimo licor.
EL ALCALDE.— (Repantigado en un sillón.) ¡Compadres, vaya una vida que se dan ustedes!
EL CURA.— (Repitiendo.) ¡Bendita sea la cepa que da este caldo! Debe de ser la que plantó Noé.
EL MÉDICO.— (En voz baja, a un fraile con quien platica.) Conviene que vea y aprecie las excelencias de Zaratán bajo el punto de vista de la vida orgánica y de las comodidades, porque, como buen aristócrata, se inclina al sibaritismo.
EL ALCALDE.— (A un monje que despunta en la agronomĂa.) DĂgame, compañero, Âżde dĂłnde demonios han sacado ustedes la simiente de esa remolacha forrajera que he visto en algunos tablares?
EL FRAILE.— (Con acento italiano.) Es de LombardĂa, y tambiĂ©n el grano turco.
EL ALCALDE.— ÂżQuĂ© es eso?… ¡Ah!… el maĂz… Buenas cañas. Me han de dar ustedes unas mazorcas. Pues Âży la alfalfa? Dan ganas de comerla… TambiĂ©n quiero simiente… Yo no ando con repulgos; soy muy francote… barro para adentro… Verdad que tambiĂ©n doy cuanto tengo… el corazĂłn inclusive… (Pasando junto al CONDE.) Señor D. Rodrigo, yo que usĂa, francamente, me dejarĂa ya de hacer el caballero andante, y me vendrĂa a vivir con estos compadres, que me parece… vamos… que no lo pasan mal.
EL PRIOR.— (Que, descuidándose a veces, emplea los tratamientos italianos.) ¡Oh!… si monseñor viviera con nosotros, nos honrarĂa extraordinariamente.
EL CURA.— (Repitiendo.) Yo… se lo he dicho… ¡las veces que se lo he dicho!… Pero no quiere hacerme caso… Él se lo pierde.
EL PRIOR.— Eccellenza, otra copita.
EL CONDE.— No… MuchĂsimas gracias.
EL MÉDICO.— No puede desechar el recelo de que en Zaratán carecerĂa de libertad. ÂżVerdad, señores, que aquĂ estarĂa tan libre como en su casa?
EL PRIOR.— VivirĂa en la más hermosa y abrigada celda que tenemos; comerĂa lo que más fuese de su agrado; se pasearĂa de largo a largo por nuestros plantĂos y praderas, y estarĂa dispensado de asistir a los oficios, y de ayunos y penitencias. Si esto no es buena vida, que me traigan al que descubra otra mejor.
EL CURA.— (Repitiendo.) Su edad exige cuidados exquisitos, que aquĂ tendrĂa como en ninguna parte.
EL CONDE.— (Con afabilidad.) Señores mĂos, yo agradezco infinito su solicitud, y me siento orgulloso del afecto que me demuestran, deseando tenerme en su compañĂa. Lo agradezco en el alma; pero no puedo acceder a sus nobles deseos, no y no. Y rechazo la oferta, no por mĂ, sino por la Comunidad, por lo mucho que la quiero, la respeto y la admiro.
EL MÉDICO.— (Aparte a un fraile.) ¡Viejo más marrullero!…
EL ALCALDE.— Veremos por dónde sale.
EL CONDE.— Estoy bien seguro de que los señores monjes, a los pocos dĂas de alojarme aquĂ, no me podrĂan aguantar, y renegarĂan de haberme traĂdo. CrĂ©anlo: tengo un genio imposible.
EL PRIOR.— ¡Eccellenza… por Dios…!
EL ALCALDE.— (Volviendo al grupo distante.) ¡Zorro de Albrit, remolón, pamplinero, si acabarás por venir aquà y tomar lo que te den, aunque sean sopas!
EL CONDE.— SĂ, soy inaguantable. Cuando no ha podido domarme el infortunio, ÂżquiĂ©n me domará?
EL PRIOR.— (Echándose a reĂr y palmeteándole en el hombro.) Yo… sĂ, monseñor, yo… ¡TambiĂ©n suelo gastar un geniecillo!…
EL CURA.— (Repitiendo.) La dulzura, el tacto, el don de gentes del Padre Maroto, son una garantĂa de concordia… Vivirán en santa paz.
EL CONDE.— Además, hay otro inconveniente. En mi vejez triste no puedo vivir sin afectos; me morirĂa de pena si no pudiera tener a mi lado a mis nietecillas, una de ellas por lo menos, la que escogiera yo para mi compañĂa.
EL ALCALDE.— (En voz alta.) Pues que las traigan. Es lo único que falta en Zaratán para que esto sea completo: un par de niñas…
EL PRIOR.— ¡Ah!, eso no. AquĂ no pueden vivir mujeres. Las señoritas le escribirĂan con frecuencia.
EL CURA.— (Repitiendo, sin beber, y aplicándose, con finura, la palma de la mano a la boca.) Ya se irĂa jaciendo. Y alguna vez podrĂan las niñas venir a visitarle.
EL CONDE.— (Un poco molesto.) Que no me conformo. ¿Cuántas veces he de decirlo?
EL PRIOR.— SĂ, sĂ… No se hable más.
EL CONDE.— (Con fina marrullerĂa.) No desconozco la fuerza de las razones expuestas para convencerme. Ni quiero que vean ustedes en mĂ un hombre terco, atrabiliario y desagradecido… No, Prior; no, amigos mĂos. Mal genio tengo; pero de las tempestades de mis nervios suele surgir el juicio sereno y claro. Hermoso es Zaratán, simpáticos y agradabilĂsimos el Prior y sus dignos cofrades. ÂżQuieren tenerme por compañero y amigo? No digo que sĂ; no digo que no… No debo aparecer ingrato, ni tampoco ansioso de un bien que no merezco.
EL PRIOR.— (Repitiendo los palmetazos afectuosos.) ¡Si al fin, monseñor, hemos de comer juntos muchos potajitos… y nos hemos de pelear aquĂ… como buenos hermanos!
EL ALCALDE.— (Dando resoplidos.) ¡Si digo que…!
EL MÉDICO y EL CURA cambian una mirada de satisfacciĂłn. Propone EL PRIOR enseñar la sacristĂa, y dar un paseo por la huerta antes de comer, y a todos les parece idea felicĂsima. Aunque el buen ALBRIT ve poco, se presta con galana urbanidad a que le muestren prolijamente las imágenes, los ornamentos, los vasos sagrados. El pobre señor, en obsequio a los bondadosos frailes, hace como que lo ve todo, y con discreta lisonja de buena sociedad, todo lo admira y alaba, hasta que EL PRIOR, abriendo un estuche, saca de Ă©l un cáliz y se lo enseña, diciĂ©ndole: «Esta hermosa pieza es donaciĂłn de la CONDESA DE LAĂŤN». InmĂştase el anciano, y despuĂ©s de preguntar a MAROTO si celebra en la hermosa pieza, y de responderle el fraile que sĂ, suelta un terno… y tras el terno una denominaciĂłn que es escándalo y azoramiento de todos los que cerca están. Hace EL PRIOR como que no ha oĂdo nada, y siguen.
Se sirve la suculentĂsima y abundante comida en una salita prĂłxima al refectorio, mientras come la Comunidad, y sĂłlo asisten a ella, a más de los forasteros, EL PRIOR y un monje anciano, el más calificado de la casa. MuĂ©strase, desde la sopa al cafĂ©, decidor y jovial el buen PRIOR, arrancándose a contar salados chascarrillos andaluces de buena ley; y EL CONDE, aunque con pocas ganas de conversaciĂłn, y como atacado de tristeza o nostalgia, se esfuerza en cumplir la tiránica ley de cortesĂa, riendo todos los chistes incluso los del Alcalde, el cual, despuĂ©s de un impertinente disputar sobre cosas triviales, barre para su casa, sosteniendo la supremacĂa de las pastas españolas para sopa entre todas las del mundo, incluso las italianas. Termina despotricando contra el Gobierno, porque no protege la industria nacional recargando fuertemente en el Arancel… ¡el fideo extranjero!
De sobremesa, propone EL PRIOR un agradable plan para la tarde: siesta, el que quiera dormirla; despuĂ©s, paseo hasta la casa de labor de abajo, que es la más interesante; visita a los corrales, establos y cabañas, y, por fin, solemnes vĂsperas con Ăłrgano, Salve, etc.