CapĂtulo XX
La entrada de Marcela, conducida en una camilla de palos, herida, viuda y seguida de dos huĂ©rfanas, a la misma casa de donde el dĂa anterior saliĂł contenta y feliz impresionĂł tan vivamente a LucĂa, que se hallaba sola en aquellos momentos, que no pudo contener sus lágrimas y se fue llorando hacia Marcela.
Hizo colocar la camilla en una vivienda aseada; tomĂł entre los brazos a RosalĂa, acariciĂł a Margarita y llamĂł a entrambas, diciĂ©ndoles:
—Hijas, pobrecitas, preciosas.
Luego habló a Marcela, sentándose junto a ella, y le dijo:
—¡Oh, hija mĂa! ¡Cuánta resignaciĂłn necesitas! Te ruego que te calmes, que tengas paciencia…
—Niñay, Âżno te has asustado de protegernos? —dijo la india con voz y mirada lánguida, pero LucĂa, sin contestar a esta pregunta, continuĂł:
—¡Qué débil estás! —y dirigiéndose a dos sirvientas que estaban hacia la puerta, ordenó—: Que le preparen un poco de caldo de pollo con algunas rebanadas de pan tostado y un huevo batido; ustedes han de cuidarla con todo esmero.
El semblante de Marcela revelaba sus terribles sufrimientos, pero las palabras de LucĂa parecĂan haberle dado alivio. Era tal la influencia benĂ©fica que ante ella ejercĂa aquella mujer tan llena de bondad, que, a pesar de haber declarado el barchilĂłn de KĂllac que la herida era mortal y, de tĂ©rmino inmediato, porque la bala permanecĂa incrustada en el omĂłplato, adonde habĂa llegado atravesando el hombro izquierdo, y la fiebre ya invadĂa el organismo, Marcela fue alentándose visiblemente.
AsĂ transcurrieron dos dĂas, dando ligeras esperanzas de salvar a la enferma.
Acababa de entrar de la calle don Fernando, a quien preguntĂł LucĂa con grande interĂ©s:
—Fernando, ¿y los restos de Juan?
—Han sido ya conducidos al camposanto con todos los honores que he podido hacerle tributar, corriendo yo con los gastos, y los han depositado en una sepultura provisional —contestĂł don Fernando, satisfaciendo con palabra minuciosa la pregunta de LucĂa, quien dijo:
—¿Y por qué provisional, hijo?
—Porque es probable que los jueces hagan practicar un nuevo reconocimiento, dudando del que he mandado hacer —contestó don Fernando sacando un papel del bolsillo.
—¡QuĂ© fĂłrmulas, Dios mĂo! Y, ÂżquĂ© dice ese certificado? ÂżA ver?
—AquĂ consta —repuso don Fernando desdoblando el papel y leyendo— «que Juan Yupanqui sucumbiĂł instantáneamente por la acciĂłn del proyectil lanzado de cierta altura, y que, rompiendo la escápula derecha, habĂa atravesado oblicuamente ambos pulmones, destrozando las gruesas arterias del mediastino».
—¿Ese informe arrojará luz para la averiguaciĂłn y descubrimiento del autor? —preguntĂł LucĂa con intenciĂłn.
—¡Ay, hija!, poca esperanza debemos abrigar de conseguir nada —repuso don Fernando volviendo a doblar y guardar el papel.
—Y el cura Pascual, ¿qué dice?
—¡Pst! No ha tenido inconveniente en depositar un responso sobre la tumba de Juan Yupanqui, como no lo tuve yo para colocarle su humilde cruz de palo —contestó don Fernando torciéndose el bigote.
—¿Acaso ignorará los pormenores del asalto que hemos sufrido?
—¡Que los ignore! Estás disparatando, hija. Yo lo creo complicado.
—¿SĂ? ¡No faltaba más para renegar de estos hombres! ÂżY los jueves? —insistiĂł LucĂa indignada.
—Los jueces y las autoridades han tomado algunas medidas, como las de depositar las piedras hacinadas en nuestras puertas como cuerpos del delito —contestĂł don Fernando riendo y dando en seguida a su fisonomĂa un gesto de tristeza que revelaba su honda decepciĂłn; acaso el escepticismo que todos aquellos acontecimientos hacĂan nacer en su corazĂłn noble y justiciero.
Conversando asĂ, atravesaron los esposos MarĂn el pasadizo que conduce de una vivienda a otra, y llegaron al cuarto de LucĂa, donde se sentaron fronterizos, LucĂa en el sofá y don Fernando en un sillĂłn: recostándose y cruzando las piernas, dijo este a su esposa:
—Voy a molestarte, hija; creo que hay un poco de chicha de quinua con arroz; dame un vaso.
—Al momento, hijito —repuso LucĂa poniĂ©ndose de pie y saliendo de la habitaciĂłn.
Un minuto despuĂ©s volvĂa la señora de MarĂn con un vaso de cristal colocado en un platillo de loza, conteniendo una leche espesa espolvoreada con canela molida, que provocaba por la vista y el olfato, y lo presentĂł a su marido.
Don Fernando apurĂł la chicha con avidez, puso el vaso sobre la mesa, limpiĂł sus bigotes con un pañuelo perfumado y volviĂł a su primitiva actitud, diciendo a LucĂa:
—QuĂ© bebida tan confortable, hija. No sĂ© cĂłmo hay gentes que prefieren a esta la cerveza del paĂs.
—De veras, hijo; yo no puedo ver esa cerveza que hacen donde Silva y Picado.
—Y volviendo a recordar al pobre Juan, ¿sabes, hija, que ese indio me ha despertado aún mayor interés después de su muerte? Dicen que los indios son ingratos, y Juan Yupanqui ha muerto por gratitud.
—Para mĂ no se ha extinguido en el PerĂş esa raza con principios de rectitud y nobleza, que caracterizĂł a los fundadores del imperio conquistado por Pizarro. Otra cosa es que todos los de la calaña de los notables de aquĂ hayan puesto al indio en la misma esfera de las bestias productoras —contestĂł LucĂa.
—Hay algo más, hija —dijo don Fernando—; está probado que el sistema de la alimentaciĂłn ha degenerado las funciones cerebrales de los indios. Como habrás notado ya, estos desheredados rarĂsima vez comen carne, y los adelantos de la ciencia moderna nos prueban que la actividad cerebral está en relaciĂłn de su fuerza nutritiva. Condenado el indio a una alimentaciĂłn vegetal de las más extravagantes, viviendo de hojas de nabo, habas hervidas y hojas de quinua, sin los albuminoides ni sales orgánicas, su cerebro no tiene dĂłnde tomar los fosfatos y la lecitina sin ningĂşn esfuerzo psĂquico; solo va al engorde cerebral, que lo sume en la noche del pensamiento, haciĂ©ndole vivir en idĂ©ntico nivel que sus animales de labranza.
—Creo como tĂş, querido Fernando, y te felicito por tu disertaciĂłn, aunque yo no la entiendo, pero que, a ponerla en inglĂ©s, te valdrĂa el dictado de doctor y aun sabio en cualquiera Universidad del mundo —contestĂł LucĂa riendo.
—¡Picarona! Pero aquĂ solo me ha valido tu risa —dijo don Fernando coloreándose ligeramente, pues las palabras de su esposa le hicieron notar que habĂa echado un párrafo cientĂfico, acaso pedantesco o fuera de lugar.
—No, hijo, ÂżquĂ©?, si yo me rĂo es solo… por la formalidad con que hemos venido a disertar acerca de estas cosas sobre la tumba de un indio tan raro como Juan.
—Raro no, LucĂa; si algĂşn dĂa rayase la aurora de la verdadera autonomĂa del indio, por medio del Evangelio de JesĂşs, presenciarĂamos la evoluciĂłn regeneradora de la raza hoy oprimida y humillada —contestĂł don Fernando volviendo a su expansiĂłn de palabra.
—Tampoco te contradigo, hijito, pero discutiendo aquĂ sobre los muertos, estamos olvidando a los vivos. Voy a ver si han dado su alimento a Marcela —dijo LucĂa, y saliĂł con paso ligero.