XVI
—Sr. Molichard, aparte del tercio de lo de la Nava, que es regalo de mi señor padre, yo pago todo el gasto —dije al entrar.
En poco tiempo, Tourlourou, Molichard y Jean—Jean, regalaron sus venerandos cuerpos con lo mejor que habĂa en la bodega, y helos aquĂ que por grados perdĂan la serenidad, si bien el cabo de dragones parecĂa tener más resistencia alcohĂłlica que sus ilustres compañeros de armas y de vino.
—¿Tiene mucha hacienda vuestro padre? —me preguntó Molichard.
—Bastante para pasar —respondà con modestia.
—Llámanle Cipérez el rico.
—Cierto, y lo es... Veo que mi obsequio parece poco... Por ahà se empieza. Ya sabemos que sobre un huevo pone la gallina.
—No digo eso. ¡A la salud de monsieurrrr Cipérez!
—Esto que hoy he traĂdo, es porque como venĂa a mercar hierro viejo... Pero mi padre y mi madre y toda la familia, vendrán en procesiĂłn solene con algo mejor. Sr. Molichard, mi hermana quiere conocer al Sr. Molichard...
—Es una linda muchacha, segĂşn decĂa CipĂ©rez. ¡A la salud de MarĂa CipĂ©rez!
—Muy guapa. Parece un sol, y cuantos la ven la tienen por princesa.
—Y una buena dote... Si al fin irá uno a dejar su pellejo en España. Digamos como Luis XIV: «Ya no hay Pirrineos». Bebed, Baltasarico.
—Yo tengo muy floja la cabeza. Con tres medias copas que he bebido, ya estoy como si me hubieran metido a toda Salamanca entre sien y sien —dije fingiendo el desvanecimiento de la embriaguez.
Jean—Jean cantaba:
Le crocodile en partant pour la guerre
disait adieux a ses petits enfants.
Le malheureux
traînant sa queue
dans la poussière...
Tourlourou, después de remedar el gato y el perro, púsose de pie y con gesto majestuoso exclamó:
—Camaradas, desde lo alto de esta botella quarrrrente siècles vous contemplent.
Yo dije a Molichard:
—Señor sargento, como no acostumbro a beber, me he mareado de tal modo... Voy a salir un momento a tomar el aire. ¿Ha escogido usted su vino de la Nava?
Y sin esperar contestación, pagué a la Zángana.
—Bien; vamos un momento afuera —repuso Molichard tomándome del brazo.
Al salir encontreme en un sitio que no era plaza, ni patio, ni calle; sino más bien las tres cosas juntas. A un lado y otro veĂanse altas paredes, unas a medio derribar, otras en pie todavĂa, sosteniendo los techos destrozados. Al travĂ©s de estos se distinguĂa el interior abierto de los que fueron templos, cuyos altares habĂan quedado al aire libre; y la luz del dĂa, iluminando de lleno las pinturas y dorados, daba a estos el aspecto de viejos objetos de prenderĂa cuando los anticuarios de feria los amontonan en la calle. Soldados y paisanos trabajaban llevando escombros, abriendo zanjas, arrastrando cañones, amontonando tierra, acabando de demoler lo demolido a medias, o reparando lo demolido con exceso. Vi todo esto, y acordándome de lord Wellington, puse mi alma toda en los ojos. Yo hubiera querido abarcar de un solo golpe de vista lo que ante mĂ tenĂa y guardarlo en mi memoria, piedra por piedra, arma por arma, hombre por hombre.
—¿QuĂ© es esto que hacen aquĂ, señor Molichard? —preguntĂ© cándidamente.
—¡Fortificaciones, animal! —dijo el sargento, que despuĂ©s que se llenĂł el cuerpo con mi vino, habĂa empezado a perderme el respeto.
—Ya, ya comprendo —repuse afectando penetración—. Para la guerra. ¿Y cómo llaman este sitio?
—Esto en que estamos es el fuerte de San Vicente, y aquĂ habĂa un convento de benedictinos, que se derribĂł. Una guarida de mochuelos, mi amiguito.
—¿Y qué van a hacer aquà con tanto cañón? —pregunté estupefacto.
—Pues no eres poco bestia. ¿Qué se ha de hacer? Fuego.
—¡Fuego! —dije medrosamente—. ¿Y todos a la vez?
—Te pones pálido, cobarde.
—Uno, dos, tres, cuatro... allà traen otro. Son cinco. Y esa tierra, mi sargento, ¿para qué es?
—No he visto un animal semejante. ¿No ves que se están haciendo escarpa y contra escarpa?
—¿Y aquel otro caserón hecho pedazos que se ve más allá?
—Es el castillo árabe—romano. ¡Foudre et tonnerre! Eres un ignorante... Dame la mano, que San Cayetano me baila delante.
—¿San Cayetano?
—¿No lo ves, zopenco? Aquel convento grande que está a la derecha. También lo estamos fortificando.
—Esto es muy bonito, señor Molichard. Será gracioso ver esto cuando empiece el fuego. ¿Y aquellos paredones que están derribando?
—El colegio TrilingĂĽe... triquis lingĂĽis en latĂn, esto es, de tres lenguas. TodavĂa no han acabado el camino cubierto que baja a la Alberca.
—Pero aquà han derribado calles enteras, señor Molichard —dije avanzando más y dándole el brazo para que no se cayese.
—Pues no parece sino que viene del Limbo, ¡Ventre de bœuf! ¿No ves que hemos echado al suelo la calle larga para poder esparcir los fuegos de San Vicente?...
—Y allà hay una plaza...
—Un baluarte.
—Dos, cuatro, seis, ocho cañones nada menos. Esto da miedo.
—Juguetes... Los buenos son aquellos cuatro, los del rebellĂn.
—Y por aquà va un foso...
—Desde la puerta hasta los Milagros, bruto.
ÂżY detrás?... JesĂşs, MarĂa y JosĂ© ¡quĂ© miedo!
—Detrás el parapeto donde están los morteros.
—Vamos ahora por aquel lado.
—¿Por San Cayetano?... ¡Oh!... Veo que eres curioso, curiosito... Saperlotte. Te advierto que si sigues haciendo tales preguntas y mirando con esos ojos de buey... me harás creer que ciertamente eres espĂa... y a la verdad, amiguito, sospecho...
El sargento me mirĂł con descaro y altanerĂa. LlegĂł a la sazĂłn Tourlourou en lastimoso estado, y mal sostenido por su amigo Jean—Jean, que entonaba una canciĂłn guerrera.
—¡Espion, sĂ, espion! —dijo Tourlourou señalándome—. Sostengo que eres espion. ¡Al calabozo!
—Francamente, caballero Cipérez —dijo Molichard— yo no quisiera faltar a la disciplina, ni que el jefe me pusiera en el nicho por ti.
—Tiene este mancebo —afirmó Jean—Jean sentándome la mano en el hombro con tanta fuerza, que casi me aplastó— cara de tunante.
—Desde que le vi sospechĂ© algo malo —dijo Molichard—. No está uno seguro de nadie en esta maldita tierra de España. Salen espĂas de debajo de las piedras...
Yo me encogĂ de hombros, fingiendo no entender nada.
—¿Pero no os dije que estaba observando el convento de Bernardas, cuya muralla se está aspillerando? —dijo Tourlourou.
ComprendĂ que estaba perdido; pero esforceme en conservar la serenidad. De pronto entrĂł en mi alma un rayo de esperanza al oĂr pronunciar a Jean—Jean las siguientes palabras en mal castellano:
—Sois unos bestias. Dejadme a mà al Sr. Cipérez, que es mi amigo.
Pasó un brazo por encima de mi hombro con familiaridad cariñosa aunque harto pesada.
—Volvámonos al cuartel —dijo Molichard—. Yo entro de guardia a las diez.
Y asiéndome por el brazo añadió:
—¡Peste, mille pestes!... ÂżQuerĂais escapar?
—En el cuartel se le registrará —exclamó Tourlourou.
—Fuera de aquĂ goguenards —dijo con energĂa Jean—Jean—. El Sr. CipĂ©rez es mi amigo y le tomo bajo mi protecciĂłn. Andad con mil demonios y dejádmelo aquĂ.
Tourlourou reĂa; pero Molichard mirome con ojos fieros, e insistiĂł en llevarme consigo; mas aplicole mi improvisado protector tan fuerte porrazo en el hombro que al fin resolviĂł marcharse con su compañero, ambos describiendo eses y otros signos ortográficos con sus desmayados cuerpos. He referido con alguna minuciosidad los hechos y dichos de aquellos bárbaros, cuya abominable figura no se borrĂł en mucho tiempo de mi memoria. Al reproducir los primeros no me he separado de la verdad lo más mĂnimo. En cuanto a las palabras, imposible serĂa a la retentiva más prodigiosa conservarlas tal y como de aquellas embriagadas bocas salieron, en jerga horrible que no era español ni francĂ©s. Pongo en castellano la mayor parte, no omitiendo aquellas voces extranjeras que más impresas han quedado en mi memoria, y conservo el tratamiento de vos, que comĂşnmente nos daban los franceses poco conocedores de nuestro modo de hablar.
ÂżLa protecciĂłn de Jean—Jean era desinteresada o significaba un nuevo peligro mayor que los anteriores? Ahora se verá si tienen mis amigos paciencia para seguir oyendo el puntual relato de mis aventuras en Salamanca el dĂa 16 de Junio de 1812, las cuales, a no ser yo mismo protagonista y actor principal de todas ellas, las diputara por hechuras engañosas de la fantasĂa o invenciones de novelador para entretener al vulgo.