III
Después de larguÃsima jornada durante la tarde y gran parte de una hermosÃsima noche de Junio, España ordenó que descansásemos en Santibáñez de Valvaneda, pueblo que está sobre el camino de Béjar a Salamanca. TenÃamos provisiones relativamente abundantes, dada la gran escasez de la época, y como reinaba en el ejército muy buena disposición a divertirse, allà era de ver la algazara y alegrÃa del pueblo a media noche cuando tomamos posesión de las casas, y con las casas, de los jergones y baterÃas de cocina.
Tocome habitar en el mejor aposento de una casa con resabios de palacio y honores de mesón. Acomodó mi asistente para mà una hermosa cama, y no tengo inconveniente en decir que me acosté, sÃ, señores, sin que nada extraordinario ni con asomos de poesÃa me ocurriese en aquel acto vulgar de la vida. Y también es cierto, aunque igualmente prosaico, que me dormÃ, sin que el crepúsculo de mis sentidos me impresionase otra cosa que la histórica canción cantadaa media voz por mi asistente en la estancia contigua:
En el Carpio está Bernardo
y el Moro en el Arapil.
Como va el Tormes por medio,
non se pueden combatir.
Me dormÃ, y no se crea que ahora van a salir fantasmas, ni que los rotos artesonados o vetustas paredes de la histórica casa, ogaño palacio y hoy venta, se moverán para dar entrada a un deforme vestiglo, ni mucho menos a una alta doncella de acabada hermosura que venga a suplicar me tome el trabajo de desencantarla o prestarle cualquier otro servicio, ora del dominio de la fábula, ora del de las bajas realidades. Ni esperen que dueña barbuda, ni enano enteco, ni gigante fiero vengan súbito a hacerme reverencias y mandarme les siga por luengos y oscuros corredores que conducen a maravillosos subterráneos llenos de sepulturas o tesoros. Nada de esto hallarán en mi relato los que lo escuchan. Sepan tan sólo que me dormÃ. Por largo tiempo, a pesar de la profundidad del sueño, no me abandonó la sensación del ruido que sonaba en la parte baja de la casa. Las pisadas de los caballos retumbaban en mi cerebro con eco lejano, produciendo vibración semejante a las de un hondo temblor de tierra. Pero estos rumores cesaron poco a poco, y al fin todo quedó en silencio. Mi espÃritu se sumergió en esa esfera sin nombre, en que desaparece todo lo externo, absolutamente todo, y se queda él solo, recreándose en sà propio o jugando consigo mismo.
Pero de repente, no sé a qué hora, ni después de cuántas horas de sueño, despertome una sensación singularÃsima, que no puedo descifrar, porque sin que fuese afectado ninguno de mis sentidos, me incorporé rápidamente diciendo: «¿quién está aquÃ?».
Ya despierto, grité a mi asistente:
—Tribaldos, levántate y enciende luz.
Casi en el mismo instante en que esto decÃa, comprendà mi engaño. Estaba enteramente solo. No habÃa ocurrido otra cosa sino que mi espÃritu, en una de sus caprichosas travesuras (pues esto son indudablemente las fantasmagorÃas del sueño) habÃa hecho el más común de todos, que consiste en fingirse dos, con ilusoria y mentida división, alterando por un instante su eternal unidad. Este misterioso yo y túsuele presentarse también cuando estamos despiertos.
Pero si en mi alcoba nada ocurrÃa de extraño fuera de mÃ, como lo demostró al entrar en ella Tribaldos alumbrando y registrando, algo ocurrÃa en los bajos del edificio, donde el grave silencio de la noche fue interrumpido por fuerte algazara de gentes, coches y caballos.
—Mi comandante —dijo Tribaldos sacando el sable para dar tajos en el aire a un lado y otro— esos pillos no quieren dejarnos dormir esta noche. ¡Afuera, tunantes! ¿Pensáis que os tengo miedo?
—¿Con quién hablas?
—Con los duendes, señor —repuso—. Han venido a divertirse con usÃa, después que jugaron conmigo. Uno me cogÃa por el pie derecho, otro por el izquierdo, y otro más feo que Barrabás atome una cuerda al cuello, con cuyo tren y el tirar por aquà y por allà me llevaron volando a mi pueblo para que viese a Dorotea hablando con el sargento Moscardón.
—¿Pero crees tú en duendes?
—¡Pues no he de creer, si los he visto! Más paseos he dado con ellos que pelos tengo en la cabeza —repuso con acento de convicción profunda—. Esta casa está llena de sus señorÃas.
—Tribaldos, hazme el favor de no matar más mosquitos con tu sable. Deja los duendes y baja a ver de qué proviene ese infernal ruido que se siente en el patio. Parece que han llegado viajeros; pero según lo que alborotan, ni el mismo sir Arturo Wellesley con todo su séquito traerÃa más gente.
Salió el mozo dejándome solo, y al poco rato le vi aparecer de nuevo, murmurando entre dientes frases amenazadoras, y con desapacible mohÃn en la fisonomÃa.
—¿Creerá mi comandante que son ingleses o prÃncipes viajantes los que de tal modo atruenan la casa? Pues son cómicos, señor, unos comiquillos que van a Salamanca para representar en las fiestas de San Juan. Lo menos conté ocho entre damas y galanes, y traen dos carros con lienzos pintados, trajes, coronas doradas, armaduras de cartón y mojigangas. Buena gente... El ventero les quiso echar a la calle; pero han sacado dinero y su majestad el Sr. Chiporro, al ver lo amarillo, les tratará como a duques.
—¡Malditos sean los cómicos! Es la peor raza de bergantes que hormiguea en el mundo.
—Si yo fuera D. Carlos España —dijo mi asistente demostrándome los sentimientos benévolos de su corazón— cogerÃa a todos los de la compañÃa, y llevándoles al corral, uno tras otro, a toditos les arcabuceaba.
—Tanto, no.
—Asà dejarÃan de hacer picardÃas. Pedrezuela y su endemoniada mujer la MarÃa Pepa del Valle, cómicos eran. HabÃa que ver con qué talento hacÃa él su papel de comisionado regio y ella el de la señora comisionada regia. De tal modo engañaron a la gente, que en todos los pueblos por donde corrÃan les creyeron, y en el Tomelloso, que es el mÃo, y no es tierra de bobos, también.
—Ese Pedrezuela —dije, sintiendo que el sueño se apoderaba nuevamente de m× fue el que en varios pueblos de la margen del Tajo condenó a muerte a más de sesenta personas.
—El mismo que viste y calza —repuso— pero ya las pagó todas juntas, porque cuando el general Castaños y yo fuimos a ayudar al lord en el bloqueo de Ciudad—Rodrigo, cogimos a Pedrezuela y a su mujercita y los fusilamos contra una tapia. Desde entonces, cuando veo un cómico, muevo el dedo buscando el gatillo.
Tribaldos salió para volver un momento después.
—Me parece que se marchan ya —dije advirtiendo cierto acrecentamiento de ruido que anunciaba la partida.
—No, mi comandante —repuso riendo—; es que el sargento Panduro y el cabo Rocacha han pegado fuego al carro donde llevan los trebejos de representar. Oiga mi comandante chillar a los reyes, prÃncipes y senescales al ver cómo arden sus tronos, sus coronas y mantos de armiño. ¡Cáspita; cómo graznan las princesas y archipámpanas! Voy abajo a ver si esa canalla llora aquà tan bien como en el teatro... El jefe de la compañÃa da unos gritos... ¿Oye, mi comandante?... Vuelvo abajo a verlos partir.
Claramente oà aquella entre las demás voces irritadas, y lo más extraño es que su timbre, aunque lejano y desfigurado por la ira, me hizo estremecer. Yo conocÃa aquella voz.
Levanteme precipitadamente y vestime a toda prisa; pero los ruidos extinguiéronse poco a poco, indicando que las pobres vÃctimas de una cruel burla de soldados, salÃan a toda prisa de la venta. Cuando yo salÃa, entró Tribaldos y me dijo:
—Mi comandante, ya se ha ido esa flor y nata de la pillerÃa. Todo el patio está lleno con pedazos encendidos de los palacios de Varsovia y con los yelmos de cartón y la sotana encarnada del Dux de Venecia.
—¿Y por qué lado se han ido esos infelices?
—Hacia Grijuelo.
—Es que van a Salamanca. Coge tu fusil y sÃgueme al momento.
—Mi comandante, el general España quiere ver a usÃa ahora mismo. El ayudante de su excelencia ha traÃdo el recado.
—El demonio cargue contigo, con el recado, con el ayudante y con el general... Pero me he puesto el corbatÃn del revés... dame acá esa casaca, bruto... pues no me iba sin ella.
—El general le espera a usÃa. De abajo se sienten las patadas y voces que da en su alojamiento.
Al bajar a la plaza, ya los incómodos viajeros habÃan desaparecido. D. Carlos España me salió al encuentro diciéndome:
—Acabo de recibir un despacho del lord, mandándome marchar hacia Santi SpÃritus... Arriba todo el mundo; tocar llamada.
Y asà concluyó un incidente que no debiera ser contado, si no se relacionara con otros curiosÃsimos que se verán a continuación.