IV
Dotado de maravillosa memoria, D. Roque recitaba trozos enteros de lo que habÃa leÃdo en sus papelitos, sin mudar una sÃlaba. No he conocido varón más sencillo e inofensivo que aquel fogoso lector del Semanario, comerciante que habÃa venido muy a menos y a la sazón, sin negocios, sin familia y con poquÃsimo dinero, vivÃa en aquella casa, manteniéndose con su casi invisible renta. Asà como el Gran Capitán oyó lo de la opresión y la injusticia, con los razonamientos puestos a continuación, que no entendiera menos, si estuvieran escritos en caldeo, se encaró con su amigo, y burlonamente le dijo:
—¿Se ha acabado la jerga? Qué lástima que no viniera por aquà el padre Salmón, para que le contestase, y entre los dos se armara una marimorena de distingo acá...
distingo allá... necuacua... útiquis... reñega mayora... y otras palabrillas que se usan en las disputas de los tiólogos.
—¡Teólogos a mÃ! ¡A mà teólogos y con cascabeles!... ¡Y de la madera del padre Salmón! — exclamó D. Roque guardando el Semanario en el almacén de sus profundas faltriqueras.
— Y ha de venir esta tarde Su Paternidad — dijo agridulcemente la menor de las hijas de doña Melchora —, pues prometió darme una receta para este mal de la barriga que ha diez dÃas tengo.
— Sà que vendrá — añadió la mayor —, pues quedé en pegarle dos botones en el cuello, y él dijo que traerÃa la cinta azul.
— Pronto tendremos aquà a ese reverendo Salmón — añadió doña Gregoria —, y ya tengo echada la llave a la despensa, porque para saqueos bastante tenemos con los de los franceses.
No habÃa concluido estas palabras la discreta esposa de Fernández, cuando se oyó en el patio de la casa gran ruido de voces, entre las cuales descollaba una cencerril, abajetada y bronca, que no era otra sino la de aquel lucero de la Merced, el padre Anastasio José de la Madre de Dios, vulgarmente conocido por padre Salmón; que este era su apellido, y no Salomón como algunos le llamaban sin intención de burla.
— Ahà está, ahà está ese bendito — dijeron en coro las hembras de la reunión —.
Gabriel: corre y tráele acá, porque si le cogen por su cuenta las del polvorista... ¡ay, qué pesadas son! Ya están llamándole las escofieteras. Pues no, no ha de venir sino acá.
Salà para impedir que la persona del reverendo fuera secuestrada por cualquiera de las familias que salÃan a su reclamo por las diversas puertas que se abrÃan en aquellos largos corredores, y lo primero que vi fue al fraile rodeado de enjambre de chiquillos, los cuales haciendo mil cabriolas y juegos en su derredor, le mostraban según su arte propio, la satisfacción de la casa toda por verle en ella.
— Tomad, piojosos, tomad esas almendras fallidas que para vosotros serán bocado de ángel — les decÃa el padre —. ¿Ya salió tu padre de la cárcel, Jacintillo? Y por fin ¿llevasteis a vuestra abuela a los Desamparados? Dime, hijo de la Canela, ¿está el oficialillo en el cuarto de tu madre? ¿Con que se os murió la gallina?
Y al mismo tiempo el antepecho del vasto corredor parecÃa la barandilla de un teatro, pues no habÃa un palmo vacÃo, sino que allà estaba la vecindad toda, aguardando a que Su Paternidad subiese.
— Venga acá, padre, que este trapalón de mi marido me quiere pegar por celos. Pero di, cabeza jilvanada, ¿no soy la mujer más honrada del mundo?
— Venga acá, padre, y verá qué chocolate le tengo. ¿Pues no me está diciendo la capitana que Su Paternidad le comió ayer todas las magras?
— Venga acá, padre, y suba pronto que ya le apunta el diente a la niña. MÃralo allÃ, cordera, resol, reina del mundo. MÃrale, llámale con tu manecita... asÃ, asÃ.
— Venga acá, padre, que ya parió la Zoraida cinco criaturas como cinco estrellas.
— Suba pronto, padrito, que mi abuela pregunta si se le deben dar más friegas.
Y asà continuaban llamándole de distintas partes, cada uno según para aquello que le necesitaba y todos con tan cariñosas palabras, que Salmón no sabÃa a qué sitio volverse, ni a cuáles solicitaciones contestar más pronto; y saludando a un lado y otro como un matador de toros que en medio de la plaza hace cortesÃas a la redonda, mostró a sus amigos que su corazón no era insensible a tantas bondades.
En esto llegué yo y besándole la correa, le dije:
— Doña Melchora y sus niñas, que están en casa del Gran Capitán, me mandan para suplicar a Su Reverencia que tenga la magnanimidad de subir, que allà le aguardan también don Roque, el Sr. de Cuervatón y doña MarÃa Antonia.
Pero antes que concluyera, el padre Salmón, con gran sorpresa mÃa, clavó en mà sus ojos llenos de admiración, y echándome los brazos al cuello, exclamó a gritos:
— Ven acá, portento de la sabidurÃa, milagro de precocidad, fruta temprana de las humanas letras. ¿Con que ha más de un año que te conozco y hasta hoy mismo he ignorado que eres un gran latino, autor del más famoso poema que han escrito modernas plumas? ¿Con que asà te callabas tus méritos, picarón?... A ver, muéstrame pronto ese poema... ¡Quién me habÃa de decir, cuando te conocà paje de la González, que bajo la montera de tal gaterilla estaba el cacumen de un Erasmus Rotterodamensis, de un Picus Mirandolanus!
Turbado y confuso le contesté que sin duda Su Paternidad se equivocaba confundiendo mi ignorancia con la sabidurÃa de algún desconocido de mi mismo nombre, oyendo lo cual, dijo mientras subÃamos la escalera:
— No; que lo acabo de saber por el licenciado D. Severo Lobo, el cual te conoció desde el proceso de El Escorial y luego estuvo a punto de empapelarte, cuando el prÃncipe de la Paz te quiso dar una placita en la interpretación de lenguas. ¿Y tú qué culpa tenÃas de que el otro te quisiera colocar? Por lo que me han dicho, tu modestia iguala a tus méritos; ¡oh joven! yo he visto la minuta en que Godoy te recomendaba; pero qué guardado te lo tenÃas, raposilla... ¿Y tú en qué te ocupas? ¿Por qué no pides un hábito; por qué no eres fraile? Yo me encargo de catequizarte. ¿Sabes que he hablado de ti a los padres de la Merced y todos quieren conocerte? A ver si te pasas por allÃ, rapaz; y ve después de la hora del refectorio.
¿Te gustan las pasas? Además tengo que conferenciar contigo, Horacio Flacco en ciernes y Virgilio en pañales; y como al salir de esta casa se me olvide hablarte (pues ya sabes que soy muy débil de memoria), ¿me lo recuerdas, eh?
A tal punto llegaba, cuando entramos en la sala del Gran Capitán. Levantáronse todos, y después de besarle uno tras otro la correa, diéronle el asiento del centro junto al brasero.
— Aquà está la seda azul — dijo el mercenario dando lo indicado a Tulita.
— Mañana mismo tendrá Su Paternidad arreglado el cuello — contestó la muchacha —.
Veamos ahora lo que me manda para este malestar de la barriga, que es tal que yo no lo puedo resistir, y todas las mañanas me dan unas arcadas, unos mareos y bascas tan fuertes, que no me para dentro nada.
— Bendito sea el nombre de Dios — exclamó el padre tomando un polvo de la caja del Gran Capitán —. A fe, doña Melchora, que si esta matutina estrella de su hija de Vd. fuera casada, ya sabrÃamos el pie de que cojea su estómago; pero no siéndolo, y tratándose ahora de una familia con quien la misma honradez no podrÃa ponerse en parangón, ordeno y mando que con siete palitos del árbol de Santo Domingo, cocidos en baño—marÃa, por espacio de tres credos rezados con pausa, y por supuesto con devoción, esta niña se quedará como nueva. ¡Qué nueces frescas las de ayer, señora doña Melchora! ¡Qué nueces frescas! Pero dÃgame, ¿qué santo del cielo le hizo tan rico presente? Yo no sabÃa que en montes alcarreños, asturianos ni encartados existiesen unas tan hermosas obras de Dios.
— Obsequio fue de un primo mÃo que es guarda de las dehesas del señor duque de Altamira, en tierra de Cameros, y como, sino de buen salario, el pobrecito disfruta de ojos listos y manos libres, siempre nos manda lo mejor de aquellos castañares y nocedales.
— Asà le hicieran canónigo — añadió Salmón —. ¿Y qué noticias, Sr. D. Santiago Fernández?
— No me digan nada, ni me calienten más la cabeza — exclamó el Gran Capitán encubriendo bajo la ficción de un estudiado cansancio el placer que le causaba el ver sacado a plaza un tema tan de su gusto —. Mire Su Paternidad que estoy ya que no doy por mi cuerpo un real. ¡Qué ir y venir! ¡Qué jaleo! ¡Todo el dÃa poniendo nombres en la lista, y haciendo recuento de cartuchos, y examinando armas, y disponiendo, y mandando! Aquellos señores son muy remolones, y todo lo tengo que hacer yo.
—¿Y resistiremos, si como dicen, se nos viene encima ese monstruo, ese troglodita, ese antropófago, señores, que no se sacia nunca de devorar carne humana?
—¡Pues no hemos de resistir! — exclamó el Gran Capitán —. ¿Hemos de ser menos que los Zaragozanos? Además de que yo creo que no viene.
— Y sabe Dios — dijo doña MarÃa Antonia —, si será cierto lo que dicen de que allá en Rusia o Prusia le echaron unos polvitos en el cocido para que reventara.
— Como que hay quien asegura que está sacramentado y que hizo testamento, devolviendo todas las naciones que ha robado y abjurando de sus herejÃas.
—¡Oh gente ignorante y crédula! — exclamó de improviso D. Roque, desenvainando su cartapacio de papeles públicos —. ¡Y cómo se conoce la rusticidad de los que atienden más a los dichos y simplezas del vulgo que a la palabra impresa de los hombres doctos! Vean, vean lo que dice ese papel, y no hagan caso de tonterÃas: "Napoleón se presentó al Senado el 25 del pasado, y dijo que bien pronto pondrÃa sus banderas en las torres de Madrid y en las fortalezas de Lisboa". También cuenta la Gaceta que ciento sesenta mil hombres del ejército grande están sobre la frontera de España, y que el Emperador dijo que antes de fin de año no quedará aquà una sola aldea en insurrección.
— Con que ni una sola aldea... — dijo el fraile —. Pero sabe Dios la intención que llevará el que ha escrito esos papeles. Lo que es por mÃ, mandarÃa suprimir todos los que se imprimen en España, pues para envolver especias, mejor es el papel no impreso y limpio como sale de las fábricas.
—¿Pues eso qué duda tiene? — dijeron a una las dos niñas de doña Melchora.
— Y yo — exclamó como un basilisco don Roque —, mandarÃa suprimir todos los frailes o les quitarÃa el hábito, dando a cada uno un fusil para que fueran a limpiar a España de franceses.
— Sin fusil lo hacemos, hermano — dijo Salmón riendo —. Lejos de suprimir frailes, yo los aumentarÃa en grado máximo, y asà la mayor parte de los españoles vivirÃan gordos y contentos, y no verÃamos tanto vagabundo mendigo por esas calles.
— Chúpate esa y vuelve por otra — dijo a D. Roque la menor de las hijas de la bordadora en fino, suponiendo al viejo completamente apabullado bajo el peso de aquellas incontestables razones.
—¿Con que más todavÃa? Pues sepa mi señor Salmonete — dijo D. Roque, llevando al último extremo su familiaridad con el fraile —, que ahora se va a reunir la nación en Cortes. ¿No lo quieren creer? ¡Ah! Pues no doy dos maravedises por lo que de Gobierno absoluto hubiere después de la guerra. ¡Abajo los tiranos! — añadió poniéndose en pie y alzando los brazos con endemoniada exaltación —. Y si hay un frailazo chocolatero que me desmienta, alce la voz, y venga delante de mÃ, que yo le reto a singular polémica, aunque traiga más textos que escribió Pedro Lombardo, y más latines y aforismos y comprobatorias y distingos que han eructado 1 en diez siglos las cátedras salmantinas y complutenses.
—¿Y cómo habÃa yo de ponerme a disputar con semejante pedazo de acebuche con nudos, más duro que roca? ¿Y de qué valdrÃan mis argumentos contra la asnal cerrazón de su mollera? — exclamó el padre Salmón levantándose también de su asiento; mas no enfadado ni nervioso, sino riendo a todo reÃr, pues su humor de mantequillas era tal que no se le vio colérico mas que una sola vez.
— Pues empecemos — dijo D. Roque poniéndose verde.
— Empecemos — añadió Salmón restregándose las manos y haciendo después grotescos gestos, como de quien imita los movimientos de un grave predicador.
— No quisiéramos más para reÃrnos de don Roque — dijo la mayor o la menor (que esto no lo tengo bien presente) de las hijas de doña Melchora.
— Pero para restaurar nuestras fuerzas, señores y señoras mÃas — dijo Salmón —, venga ese chocolate, que aquà mi amigo D. Roque dice que no se puede pasar sin él.
— Quien no se puede pasar sin él — contestó el aludido —, es su magnificencia reverendÃsima, que en llegando a estas horas, como no ponga un puntal al estómago, se cae rendido.
— Pues Vd. lo dice, amigo papelista eminentÃsimo — contestó Salmón dando otra vez rienda suelta a la risa —, asà sea, y venga ese chocolate; y pues es más agradable el goce de una amena tertulia que el disputar, dejémonos de discusiones, y pelillos a la mar, y cada uno piense lo que quiera, y ruede la bola, y viva Fernando VII.
— Es lo más conveniente, toda vez que este D. Roque está chiflado — dijo Fernández —, y un dÃa hemos de verle por esas calles con una Gaceta en cada dedo.
—¡Pero qué graves y circunspectas están mis niñas! — añadió Salmón dando unas palmaditas en el hombro, no recuerdo bien si de la mayor o de la menor de las hijas de doña Melchora —. Y esos piquitos de oro, ¿por que no echan una canción por todo lo alto, para que se nos alegren los espÃritus?
— Bueno, bueno.
Y una de ellas rompió al instante a cantar de esta manera:
Con un albañilito madre, me caso, porque son de mi gusto los hombres blancos.
— Eso tiene poca gracia — dijo Salmón —. A ver otra.
— Pues allá va la que está de moda:
Bonaparte en los infiernos tiene su silla poltrona, y a su lado está Godoy poniéndole la corona. Sus compañeros van de dos en dos; Murat, Solano, Junot y Dupont.
—¡Bravo, magnÃfico! Doña Melchora, tiene Vd. dos niñas que envidiarÃa cualquier princesa. Y qué tal, ¿se gana mucho?
— En estos tiempos, padrito — dijo la madre —, suele caer algún bordado de uniforme; pero ¿dónde se ven aquellos ternos de plata y oro, aquellas estolas, aquella ropa de altar que tanta ganancia nos daban antes de estas malditas guerras? Ya sabe su grandeza que las mejores capas pluviales, las mejores casullas que se han lucido en procesiones, asà como las mejores chaquetas toreras que han brillado en plazas y redondeles, pasaron por estas manos. ¡Ay, quién me lo habÃa de decir! ¡La que bordó los calzones que llevaba Pepe—Hillo cuando le cogió aquel enrabiscado toro; la que bordó la capa que llevaba en sus santos hombros el EminentÃsimo Cardenal de Lorenzana el dÃa que tomó posesión, está hoy consagrada a miserables letras de cuello de uniforme, y a las dos o tres insignias de consejero, o ropón de Niño Jesús, que caen de peras a higos! ¡Buenos están los tiempos!
— Cuando esto se acabe... — dijo el fraile.
—¿Cómo, cuando esto se acabe? — gritó de improviso D. Roque interrumpiendo con muy feo gesto a su amigo —. Antes, muy antes de que esto se concluya se reunirá el paÃs en Cortes. ¡Y estos alcornoques no lo quieren creer!
— Que te despeñas, Roque amigo.
—¿También eso lo dicen los papeles? — preguntó con mucha sorna el Gran Capitán.
— También lo dicen, sà señor. Pues no lo han de decir. Y cómo se me ha de olvidar, si lo sé de memoria y anoche, luego que me acosté, estuve recitando en voz alta aquello de... "Después de tantos años de abatimiento y opresión en que los leales y generosos españoles han sufrido mayores ultrajes y vilipendios que los salvajes africanos, amanecerá el glorioso dÃa en que se reúnan los pueblos por medio de sus representantes para tratar del bien común. Este es el objeto con que se instituyeron las sociedades civiles; no el engrandecimiento de un solo hombre con perjuicio de todos los demás. Reunidas aquellas, es como puede conocerse afondo el estado de una nación, sus recursos, sus necesidades y los medios que deben adoptarse para su bienestar y prosperidad; y donde faltan estas solemnes Asambleas, los monarcas, mal aconsejados, caminarán ciegamente al despotismo, tal vez contra sus buenos deseos".
—¡LindÃsimo sermón! — exclamó el Gran Capitán —. Ayer le contaba a mi compañero en la porterÃa de Cuenta y Razón las extravagancias de mi vecino D. Roque, y me dijo que esto se llamaba el democratismo. ¿Es asÃ, padre?
— Llámese como se quiera — repuso el venerable Salmón —, lo que digo es que este chocolate, que ahora nos trae la señora doña Gregoria, y cuyo olor se adelanta hasta nosotros anunciándonos la nobleza de lo que viene en el cangilón, me parece tal, que sólo podrÃa servÃrsele semejante al Sumo PontÃfice.
— Y a la abadesa de Las Huelgas de Burgos — dijo doña Gregoria —; que ella y el Papa son las dos más altas personas de la cristiandad, y por eso se dice que si el Papa se casara, la única mujer digna de ser su esposa es la tal abadesa de Las Huelgas.
— Asà es — añadió Salmón, olvidándose de todo lo que no fuera el cangilón —; y por lo que hace a eso del democratismo, yo le aconsejo a D. Roque que se deje de tonterÃas y no piense en novedades, pues por ahora que ahora y en muchÃsimos años para adelante, estamos y estaremos libres de ellas.
— Los españoles guerrean porque no quieren que los manden los franceses — dijo la mayor de las hijas de doña Melchora —, y también para defender los usos y pláticas del reino contra las novelerÃas que quiere poner aquà Napoleón. Asà me lo dice todos los dÃas Paco el plumista, que es sargento de voluntarios.
— Pues a mà me dijo Simplicio Panduro, ese saladÃsimo paje de D. Gaspar Melchor de Jovellanos — añadió la otra —, que los españoles guerrean por echar a los franceses y por mejorar la mala condición de los reinos, quitando las muchas cosas malas que hay, al modo de lo que dice D. Roque por las noches cuando predica a solas y a oscuras en su cuarto.
Estas dos opiniones dieron pie a una acalorada disputa que no copio porque nada sacarÃan de ella en limpio mis lectores, toda vez que es público y notorio que en lo que va de siglo, la historia, la grave y cachazuda historia no ha podido dilucidar la cuestión planteada por aquellas dos niñas, y aun hoy andan a la greña eminentes escritores por averiguar si decÃa verdad la mayor o la menor de las hijas de doña Melchora.
Salmón, consumido su chocolate, dijo:
— Con que, amiguitos, ¿me dan Vds. su venia para retirarme?
—¿Tan pronto, padre? ¡Que siempre nos ha de tener Vuestra Reverencia con hambre de su compañÃa!
— Bastante os acompaño, hijitas mÃas.
— Pues siempre nos sabe a poco.
— Ya sabéis que tenemos en casa desde esta tarde octava misión y solemnes cultos para desagraviar a Jesús Nazareno y a MarÃa SantÃsima, de los sacrÃlegos insultos que han sufrido en nuestros templos, de los impÃos ejércitos franceses, e implorar de la divina misericordia que robustezca y ampare a nuestros soldados y conserve y dirija en todos los negocios a los que nos gobiernan. ¿Pero no lo sabÃais, pajaritas volanderas? Por supuesto que no faltaréis el dÃa que me toque predicar.
— Antes faltará la tierra y prados en ella, como dijo el otro.
Ya estaba en pie para retirarse el padre mercenario, cuando el Sr. de Cuervatón, que poco antes habÃa sido llamado de su casa, donde le esperaba una visita, volvió dando voces; y lleno de cólera, que en los ojos con fulminantes rayos le centelleaba, habló asÃ:
—¡No sé cómo no le ahogo!... ¡Vaya con el lindo currutaco, harto de ajos!...
¡Cuando creà que vendrÃa a pagarme, viene a pedirme más dinero!... ¡Y ahora sale con que su señora mamá es muy rica! Miserable, pringoso, vestido con harapos de prÃncipe, ¿por qué esa señora no reventó antes que os pariera?
—¿Qué hay, Sr. de Cuervatón? ¿qué le pasa?
— Que después que me estoy arruinando por favorecer con mi pequeña hacienda a los necesitados, he aquà que un señor condesito de Rumblar o de Barrabás con pintas, me debe más de nueve mil reales, y después de no pagarme ni un céntimo de interés (que no son más de peseta por duro al mes), viene a pedirme más dinero.
Canalla, catacaldos: ¿qué me importa que sea noble y que le vayan a caer dos mayorazgos?
—¿D. Diego de Rumblar? — dijo Salmón: y luego volviéndose a mà añadió —: no olvides, Gabriel, que tenemos que hablar.
— Pues o me paga — prosiguió Cuervatón —, o el mejor dÃa le desnudo en medio del Prado delante de las damas.
En esto salimos al corredor, y ¡oh espectáculo lamentable! se ofreció a nuestra vista el de D. Diego azuzado en medio del patio por todos los chicos de la vecindad como novillo en plaza. Muchas mujeres habladoras habÃan salido por los cien agujeros de aquella colmena, y unas con cáscaras de castañas, otras con palabras picantes le mortificaban en lo moral y en lo fÃsico. Especialmente la mujer de Cuervatón, que era una hidra con más rabos y espinas y escamas en su alma, que las mitológicas en su cuerpo, poniéndose de pechos en el barandal, después de escupirle, le decÃa:
— TÃo pingajo de oro, ¿tenemos nuestro dinero para mantener haraganes?...
¿Ahorramos nosotros para daros esa agua de bergamota de que apestáis? Coma Vd.
clavos, y si es noble y espera mayorazgos, póngase a roer sus jicutorias, o coja una espuerta y vaya a vender arena, como hacen mis dos hijos, que aunque no les falta para comer y vestir como niños de prÃncipe, andan al trabajo de la arena desde que saben llevar la mano a la boca. Cuidado con el señorito D. Pelagatos; y dice que es conde... Conde es él como mi abuelo. Ea, muchachos, rociadle un poco con la esencia de ese fango de azahar argentino que hay en el patio... Coged también esas cáscaras de nuez, y la ceniza de aquel braserillo.
Los muchachos que esto oyeron, y que se habÃan adelantado a poner en ejecución auctoritate propria lo del rociar, descargaron sobre el infeliz D. Diego, a punto que este salÃa, tal lluvia de inmundas sustancias, le persiguieron tan encarnizadamente por el portal y luego por toda la calle del Barquillo, que daba compasión ver al infeliz magnate corrido, avergonzado y lloroso.
El padre Salmón, que era hombre caritativo, reprendió a los muchachos su groserÃa, y a la señora de Cuervatón su crueldad. Cuando se dispuso a bajar, todos se lo disputaban, no queriendo dejarle de la mano: este le enseñaba los cinco perritos recién paridos por Zoraidilla, aquel le hacÃa tocar con el dedo el diente de la niña, uno le pedÃa receta para el dolor de muelas, otro le cantaba una seguidilla nueva, y todos le daban tales muestras de cariño y admiración, que bien se le podÃa considerar como el hombre más popular de su tiempo.
Cuando bajaba, allà eran de oÃr las exclamaciones, las palmadas, los vÃtores, y de ver los besos de correa, y el pedir y dar bendiciones.
—¿Cuándo me receta para estos desmayillos?
— Ya sé de cabo a rabo la oración a San Antonio. ¿Cuándo se la echo a Su Paternidad?
— Razón tenÃa el padrito en decir que el aguardiente de Chinchón da mejor gusto a los puches que el de Ocaña, y que no hay plato de lentejas sin dos ajitos machacados. Asà lo hemos hecho.
— Padre, ¿las ranas son carne, o son pescado? porque mi abuela las comió el viernes y está llena de escrúpulos.
—¿Qué nombre le pondremos a lo que ha de venir si sale macho? Pondrémosle Anastasio como Su ReverendÃsima, en señal de agradecimiento por habernos ayudado a criar al mayorcito.
— Ya están compradas las dos velas para la Virgen de la Buena Dicha, y aquà Ramona las está adornando con flores y lentejuelas.
— Viva cientos de miles de años su magnitud sapientÃsima y empingorotadÃsima para alivio de estos pobres a quienes socorre.
Y asà continuaban hasta que el padre salÃa a la calle. No; no ha existido hombre más popular que el padre Salmón. Casi, casi estoy por asegurar que su popularidad excedió dos dedos y aun tres a la de Fernando VII. ¡Desventurado Salmón! Oh tú, varón felicÃsimo, harto de lisonjas, de regalos y de bienestar; oh tú, teólogo de tumba y hachero, predicador burdo y de cuatro suelas, fraile mercenario que si no redimiste ningún cautivo, tampoco hiciste daño a nadie; oh tú, hombre dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, pues no cavilaste jamás ni te apasionaste, ni aborreciste, ni padeciste mal alguno en muchos años, ni viste turbada tu apacible existencia: ¡quién te habÃa de decir entonces que aquel mismo pueblo tan solÃcito en victorearte, en regalarte en aplaudirte, en venerarte y adorarte como a persona divina, te habÃa de coser a puñaladas veinte y seis años después en la enfermerÃa de tu santa casa, y cuando ya viejo, enfermo, inválido y sin alientos no pensabas más que en Dios! ¡Quién te habÃa de decir que aquel mismo pueblo de quien fuiste Ãdolo, te habÃa de echar al cuello un cordel de cáñamo para arrastrarte por los profanados claustros, sirviendo tu antes regalado cuerpo de horrible trofeo a indecentes mujerzuelas! ¡Ay! ¡lo que es el mundo y que cosas tan atroces ofrece la historia! Y asà es bien que digas: si buen chocolate sorbÃ, buenos palos me dieron; si buenos abrazos, y agasajos, y besos de correa recibÃ, con buen pie de puñaladas se lo cobraron.