VII
La tertulia que se habÃa formado en el gabinete de Alejandro, pasó, a causa de los desvÃos de éste, al cuarto de Arias Ortiz. Éste era muy devoto de Balzac, lo tenÃa casi completo, y conocÃa a los personajes de la Comedia humana como si los hubiera tratado. Rastignac, el barón Nucingen, Ronquerolles, Vautrin, Adjuda Pinto, Grandet, Gobseck, Chabert, el primo Pons, y los demás le eran tan familiares como sus amigos. TenÃa además loca afición a la música, y era el más inteligente de todos en este arte.
Como la reunión era en su cuarto, decÃa que daba té y que se quedaba en casa. Era aquello salón literario y artÃstico. La parte de concierto corrÃa a cargo del mismo Arias, que tenÃa prodigiosa memoria musical.
Allà se formó una sociedad comanditaria para tomar café mañana y tarde. Poleró habÃa trazado un plan ¡oh grandeza de los principios económicos!, y resultaba que haciendo el café en una maquinilla, salÃa a cuatro cuartos por barba y taza. Además era mejor que el del café. Por las noches, a primera hora, aquello era una Babel. Doña Virginia estaba muy a matar con los planes económicos de Poleró, por el gran estrépito que de ellos resultaba; y Alberique, que en casos tales la echaba de muy bravo, decÃa que les iba a tirar a todos por el balcón. Una noche que estaba dando gritos en el comedor, salió Poleró del cuarto y con serenidad burlona le dijo:
—Señor Alberique... Parece que está usted incomodado, y que me ha nombrado usted... RepÃtalo delante de mÃ, porque quiero enterarme.
Amedrentado el berberisco, respondió con gruñido de lisonja:
—Nada, señor Poleró..., sostenÃa que tiene usted mucho talento.
Pero el catalán, por seguir la camorra, decÃa:
—¿Y usted qué sabe si yo tengo talento o no?...
Virginia, deseando paz, daba algún dinero a su fornido esposo para que se fuese a correrla al café o al billar. Ya se sabÃa que el morazo no habÃa de volver hasta la madrugada.
Poleró volvió al cuarto—casino a referir la escena. Felipe no descansaba un momento en aquella gran tarea de hacer el café. SalÃa y entraba con éste o el otro recado del comedor al cuarto, del cuarto a la cocina.
—Doña Virginia, que si quiere usted café.
—No, hijo, que les aproveche.
—Doña Virginia, que me dé usted otra taza.
—Que manden por ella a la cacharrerÃa.
En el cuarto crecÃa el barullo y se espesaba la atmósfera. —No eches todavÃa el agua caliente.
—Pero ¡si esta taza está sucia...! ¡Felipe!...
—¡Falta una cucharilla...! ¡Doctor!
—¡Alguien se ha comido el azúcar...! ¡Centeno!
—Si ya hierve.
—No hacerlo muy fuerte, que quita el sueño.
—Eh... cuidado, que se come un terrón Julián de Capadocia...
—¡Felipe!..., pero ¿dónde se mete éste?
—Si ha ido por cigarros...
—El de los prismas está aún en su cuarto, de punta en blanco, con el mondadientes de plata en la boca. Está haciendo tiempo a ver si lo convidamos.
—No convidarle.
—Dárselo sin azúcar... Eh..., Felipe...
—¿Y Zalamero, dónde está?
—Ahora viene.
El señor de los prismas, antes de partir para la calle, llegábase a la puerta y saludaba cortésmente a todos.
—¿Usted gusta?
—Gracias...
—¿Y cuándo...?
—Si quieren ustedes algo para ParÃs...
Risas generales y sofocadas.
—Aguarde usted y le daremos una taza de café.
—Son ustedes muy amables... —¿Y don Basilio ha salido?... Felipe, llama a don Basilio.
—PermÃtanme ustedes, señores —decÃa el redactor de Hacienda, asomándose a la puerta—. Hace tiempo que he renunciado al café, porque me quita el sueño. Si me hicieran el favor de un poco de azúcar para un vaso de agua...
—Oro molido que fuera...
—Pues muchas gracias... PermÃtanme ustedes que me retire. Me toca hacer artÃculo esta noche.
—Don Leopoldo, nos va usted a traer de ParÃs una buena maquinilla de café... ¡Felipe!
—No tienen más que darme una notita... No; lo apuntaré en mi cartera.
—Apunte usted..., maquinilla de hacer café, para... doce tazas.
—Bien, bien, no se me olvida ya...
—Tome usted..., vea si tiene poco azúcar...
—Si no tiene ninguno...
—¡Felipe..., condenado..., el azúcar!...
—¡Un terrón!
—Pero ¿dónde está el azúcar?...
—Se lo ha comido Julián de Capadocia.
—Todos están concluyendo su ración y no ha sobrado nada de azúcar...
¡Qué descuido!
—Señores, si esto es veneno...
—Perdone usted, don Leopoldo...
—Abajo con él... Aunque sea amargo... —Asà es más estomacal.
—Muchas gracias, señores...
—Que usted se divierta mucho, y haga muchas conquistas esta noche.
Sale Montes. Jaleo, risas, música... Óyese aquello de: Don Basilio, giungete a tempo... La calunia cos'e' voi non sapete... Se don Basilio venessi a ricercarmi ditelli ch'aspetti, y otras frases en que sonaba el venerable nombre de aquel buen sujeto que estaba no lejos de allÃ, sacando de su seco caletre el tremendo artÃculo sobre el déficit, todo lleno de números y cálculos, artÃculo que si alguien lo leyera se quedarÃa yerto de patriótico espanto.
Lo mismo Poleró que Arias y el propio Miquis tenÃan, de tiempo atrás, vivÃsimos deseos de entablar conversación con el taciturno huésped don Jesús Delgado, para del coloquio pasar a la confianza y poder con ella penetrar el misterio de aquel hombre y sus inexplicables quehaceres epistolares. Todo era inútil. Sucesivas noches le enviaron con Felipe un recado invitándole a tomar café. Pero respondÃa siempre con mucha finura, dando las gracias y declinando el honor que se le hacÃa.
Poleró, con ardiente curiosidad, no perdÃa ocasión de hablarle. Si le encontraba por acaso en el pasillo, le detenÃa:
—Muy ocupado, ¿eh...? —¡Ah!..., eso siempre, figúrese usted, ¡oh!... —respondÃa el otro haciendo visajes, pues los nervios de su cara estaban siempre tan alborotados que ninguna facción querÃa estar en su sitio.
Otra vez le decÃa el catalán:
—¿Estuvo usted malo anoche? Me parece que le sentà levantarse...
—No señor..., ¡oh! Trabajando hasta la madrugada... Figúrese usted..., a lo mejor recibo trece, catorce, quince cartas, y a todas ¡ah!, he de contestar. Buenas noches.
Poleró vivÃa en el cuarto próximo al de don Jesús Delgado, y algunas noches, subiéndose en una silla, se asomaba a un tragaluz abierto en lo alto del tabique. HabÃa observado que el bendito señor, cuando no se paseaba de largo a largo por la habitación, escribÃa cartas en su pupitre.
Conforme iba despachando epÃstolas, les ponÃa los sobres, luego los sellos, de que tenÃa gran acopio, y las agrupaba a un lado; y con las contestadas hacÃa grandes paquetes que guardaba en un arcón. Como nunca salÃa a la calle sino para ir al Correo, y al salir echaba la llave a su cuarto, no habÃa medio de penetrar en la misteriosa oficina. Receloso hasta lo sumo y atento siempre a su secreto, si secreto habÃa, don Jesús no evacuaba la plaza ni en el acto de la limpieza, y se tragaba todo el polvo del barrido antes que dejar expuestos sus papeles a un ataque de los huéspedes.
Arias sostenÃa que Delgado, hombre ya próximo a los cincuenta, tenÃa una novia perpetua, relaciones de ésas que no terminan ni en el matrimonio ni en el olvido; pero este caso de platonismo de toda la vida, verosÃmil en el melancólico personaje, no explicaba las catorce cartas, a no ser que tuviera don Jesús catorce novias platónicas, todas poseÃdas de epistolaria demencia.
Zalamero tenÃa algunos antecedentes del señor Delgado. PertenecÃa éste a una familia bastante acomodada; era soltero, y habÃa estado veinte años en la Dirección de Instrucción Pública, desempeñando uno de los mejores destinos. Le apoyaban eminencias del partido moderado. Pero Zalamero no recordaba bien qué clase de disgustos, qué contratiempos oficinescos obligaron a aquel apreciable sujeto a dejar su destino. Tiempo hacÃa que estaba cesante, y la familia le trataba como a loco pacÃfico, sin tener con él relaciones directas.
Una noche, aguijoneados por su ardiente curiosidad, hicieron propósito los huéspedes de sacarle del cuarto, valiéndose de cualquier ardid, aunque no fuese prudente ni delicado. Invitáronle a tomar café, y como contestara negativamente dando las gracias, imaginaron atacarle con una burla de gran aparato. Miquis redactó al instante un mensaje, y se encargaron de llevarlo Poleró y Sánchez de Guevara, para cuyo acto solemne, el primero se puso un frac viejo de don Basilio y el segundo su uniforme. Entraron con toda ceremonia en el aposento, y sin preámbulo alguno, sacó Poleró su papel y empezó a leer con enfática entonación lo que sigue:
«ExcelentÃsimo señor don Jesús Delgado: Los que suscriben, hospedados en esta su casa, tienen el atrevimiento de interrumpir las graves ocupaciones de usted para rogarle se digne aceptar una modesta taza de negro café en el humilde albergue en que la amistad les reúne. Aunque la fraternidad que preside o informa los actos de personas aposentadas bajo un mismo techo, justifica por sà este acto, los que suscriben, ExcelentÃsimo Señor, quieren dar a la presente manifestación un móvil y origen superiores a los que tendrÃa si fuese un simple arranque de urbanidad; quieren ¡oh!, derivarla de los sentimientos de admiración y respeto hacia la augusta persona que ha prestado tan eminentes servicios al paÃs y al mundo entero en el importantÃsimo y florido ramo de la Instrucción pública.
»Siendo los que suscriben, señor Delgado, escolares que aspiran a la posesión del saber en diferentes artes y ciencias, no pueden menos de sentirse orgullosÃsimos de vivir junto al insigne estadista que en doctas y previsoras leyes ha sabido trazar el camino por donde la juventud marcha a la conquista del Vellocino de Hierro de los modernos tiempos, señor don Jesús, que es la Instrucción.
»Los que suscriben, ExcelentÃsimo Señor, esperan que usted, con la modestia del verdadero mérito, aceptará esta humildÃsima prueba del respeto, de la consideración, del entusiasmo de sus compañeros de casa, y si tal honra merecen, tendrán por feliz y gloriosa entre todas las noches, la noche del 4 de noviembre de 1863...». SeguÃan las firmas.
La seriedad del acto, el tono grave y ampuloso de Poleró pusieron a don Jesús Delgado como quien ve visiones. No supo qué contestar; todo se le volvÃa hacer cortesÃas y balbucir gratitudes... Cuando dijo Poleró aquello de los servicios a la Instrucción pública y del florido ramo, medio se enterneció el hombre y estuvo a punto de llorar.
Fue, mejor dicho, se dejó llevar; y cuando los dos de la comisión entraron con él en el cuarto, recibiéronle todos con ruidosos aplausos. El bienaventurado don Jesús estaba atónito, conmovido y tan creÃdo de la verdad de lo que pasaba, que no se daba cuenta de la burla. Mientras tomó café, los otros le abrumaban a cumplidos, lisonjas y felicitaciones de celebérrimos trabajos. Poleró era el único que faltaba, porque se habÃa encargado de examinar las cartas y descubrir el secreto, acción que no consideraban villana, tratándose de un loco.
A don Jesús parecÃa que le quemaba el asiento. Apenas apuró la taza, ya querÃa marcharse. Su turbación y cortedad eran grandes.
—Un momento más —le decÃan, deteniéndole casi a la fuerza.
—Si ustedes, ¡oh!, me permitieran retirarme... —respondÃa él con timidez—. Apenas he empezado mi tarea...
Por fin le soltaron. Una comisión habÃa de ir a acompañarle a su domicilio. Todo se hizo con aparato y cortesana pompa. Cuando el infeliz se encerró de nuevo, vierais a Poleró entrar en el cuarto tapándose la boca para contener la risa. Se tiró en una cama, porque su hilaridad y los esfuerzos que hacÃa para sofocarla y no meter ruido, le daban convulsiones...
—Pero ¿qué, pero qué es...?
—No os podéis figurar.
—¿Qué cartas son ésas?...
—Es la especie de locura más graciosa que se puede hallar.
—¿Quién le escribe? ¿A quién escribe?
—Si no lo hubiera visto...
—¿A la Reina?
—No. —¿Al Papa?
—No... Asombraos todos. Se escribe las cartas a sà mismo...
—¿Y las recibe...?
—De sà mismo. Todas las cartas están encabezadas: «Señor don Jesús Delgado: Muy señor mÃo...», y todas concluyen asÃ: «Su seguro y atento servidor, Jesús Delgado».
¡Qué risas, qué algazaras!
—¿Se le da un bromazo, sà o no?
—Hombre, ¿mayor que el de esta noche?...
—Mayor, sÃ, mayor.
Poleró contó en breves términos lo que decÃan algunas cartas. Todo en ellas se referÃa a extraños planes de Instrucción Pública. En algunas respondÃa a consultas sobre delicadÃsimos puntos de la misma materia. No estaban mal escritas, pero sà salpimentadas con las exclamaciones «¡ah!, ¡oh!», que usaba también hablando.
—SÃ; de la Dirección le echaron por loco —indicó Zalamero—. Ahora recuerdo: empezaron a notar rarezas en sus informes y extrañÃsimas teorÃas traducidas del alemán. Por no sé qué ideas que introdujo en un informe, tuvo el Director un gran disgusto con el Arzobispo de Toledo, mediando cartas...
—Y están mediando todavÃa... ¿Con qué se le da el bromazo? —¿Cómo? ¡Ah!, ya..., escribiéndole una carta firmada por él mismo.
—Eso, eso... —clamó Poleró—. A ver quién imita su letra. Le he quitado una carta.
—Venga —manifestó Cienfuegos, que se creÃa con aptitud para el caso—.
Yo la imitaré.
—Que ponga Miquis el borrador. Entérate, Alejandro, de las tonterÃas que dice, y no omitas las interjecciones.
—Mañana... Es preciso sustraerle un poco de esta hermosa tinta violada que usa... Felipe, mañana, cuando limpie la chica el cuarto, entras a ayudar, y...
—Convenido: ¡qué lance!...
—Señores, las diez... —gritó Sánchez de Guevara, blandiendo el espadÃn—. Es hora de estudiar. Se levanta la broma.
—Hasta mañana.